Comunismo y sonrisas

Comunismo y sonrisas

Por: José María Asencio Gallego/Artículo de opinión

Abril de 2022. Se cumple un año desde aquellas desafortunadas declaraciones en las que una determinada política, risueña y jovial, comparó el régimen comunista con la democracia. «No frivolicemos con la libertad: el comunismo es la democracia y la igualdad».

Sin darse cuenta le salió un pareado. Dos versos que, aunque riman entre sí, denotan una ausencia total de conocimientos de historia, ciencia política o economía y, sobre todo, una absoluta falta de respeto a los millones de víctimas que, durante el siglo pasado, perecieron bajo el yugo de quienes simbólicamente portaban la hoz y el martillo.

Comunismo no es democracia. Esto es evidente, pues se trata de dos sistemas políticos opuestos, tanto en lo relativo a la organización de la sociedad, como en los principios que inspiran uno y otro régimen.

Y desde luego, a pesar de que lo repitan hasta la saciedad, comunismo no es igualdad, ya que la tierra, por supuesto, pertenece al que la trabaja, pero las patatas son del comité.

En cualquier caso, si existe un concepto radicalmente opuesto al de comunismo, este es el de libertad. Entiéndase libertad para discrepar, para opinar y actuar de forma distinta a los designios del Camarada Supremo. Libertad para someterse, la única que existe en los regímenes comunistas, no es libertad, sino vil cautiverio.

Dicho esto, con la excepción del terrible Holocausto perpetrado por los nazis y algún que otro hecho aislado, la abrumadora mayoría de las matanzas y actos de genocidio del siglo XX tienen un denominador común o, mejor dicho, un color común, el rojo, el de las banderas que ondeaban en Rusia o en Camboya y todavía permanecen en China.

Pol Pot, líder de los jemeres rojos camboyanos, el Partido Comunista de Camboya, consciente de que el comunismo era libertad, igualdad y democracia y comprometido con estos nobles ideales, exigió la evacuación de las ciudades y la destrucción (por burguesas) de la cultura y la civilización urbanas. Y claro, como algunos no estuvieron de acuerdo, ordenó su detención, tortura y asesinato. Más de dos millones de muertos.

Stalin, líder del Partido Comunista de la Unión Soviética. Sobran las palabras. Masacre de Katyn, más de veinte mil polacos asesinados. Holodomor o genocidio ucraniano, más de tres millones de muertos por hambre. Las llamadas purgas, la Gran Purga o Gran Terror, incontables ejecutados, más de veinte millones rusos. Y todo en un contexto de libertad, igualdad y democracia.

Mao, el peor de todos, el más cruel y desalmado asesino de la historia de la humanidad. Comunista, marxista-leninista y luego, maoísta. Un demócrata convencido. No cabe duda. Precisamente por ello, en pos de la libertad y la igualdad, exterminó a más de cuarenta millones de chinos. Y por si fuera poco, por cada pueblo que pasaba durante la Larga Marcha de 1934 a 1935, exigía una joven virgen, es decir, violaba cada noche a una niña.

Eso sí, a pesar de todo, según determinados políticos, comunismo sigue siendo democracia, libertad e igualdad. Y todavía hay quien saca del armario las banderas rojas y las pasea orgulloso (u orgullose, perdón) por las calles de la ciudad. Insignias manchadas de sangre, estandartes criminales portados actualmente por quienes, en un alarde de hipocresía sin precedentes, habitan en chalés con piscina en los que cabrían, al menos, diez familias más.

Han leído ‘El Capital’ de Marx, sí. Pero la versión reducida, la que tiene dibujitos en las páginas impares. La original, ni hablar, ¡menudo tostón! Mejor el ‘Manifiesto Comunista’ que, como manifiesto que es, sólo tiene 130 páginas.

Luego están los que dicen que lo de Stalin y Mao no era auténtico comunismo. Que el comunismo es felicidad y sonrisas, como la que, durante la entrevista, dibujaba en su rostro la política mencionada al principio. Aunque claro, si es así, podría perfectamente defenderse que el fascismo es también democracia y que lo de Mussolini no era auténtico fascismo. Y cómo no, que lo de Hitler no era nazismo porque el verdadero nazismo es igualmente libertad e igualdad.

Estas son las sandeces que los ciudadanos nos vemos obligados a oír de la boca de determinadas personas públicas que, a pesar de hacerlo en el ejercicio de su legítimo derecho a expresarse libremente, resultan abominables.

Lo más paradójico es que si, hoy en día, en España, viviéramos en un régimen comunista, estas personas no tendrían los derechos fundamentales cuyo respeto exigen cuando les conviene. Quién sabe. Puede que más de uno, por posar con pretenciosos vestidos en revistas de moda, por residir en casas demasiado grandes y lujosas para una sola familia o simplemente porque sí (la sentencia preferida de Stalin), serían calificados de enemigos burgueses y, por tanto, encerrados en una checa. Uno de esos lugares, dicen los comunistas contemporáneos, en los que, durante la Guerra Civil, reinaba la alegría y todos juntos, entonando el Cumbayá, comían gominolas.

En resumen, comunismo no. Democracia, sí. Basta ya de blanquear el terror.

(*) El autor es Juez de lo Penal de la Audiencia Provincial de Cataluña, Director de Asuntos Internacionales de la Academia Judicial de España.

«Artículo publicado originalmente en ABC Cataluña», para mayor información compartimos el siguiente enlace: Comunismo y sonrisas

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