Cuando el llanto de las ranas pide referéndum «quien tenga oídos para oír que no se calle»

"No se si escuché bien o si estoy sumergido aún en los delirios oníricos de una pesadilla de desencuentros."

Por: César Delgado Guembes / Artículo de opinión

En un cielo, como es lo usual en Lima, apagado y opaco, vibró el trueno al mediodía del domingo 5 de julio en la aún doliente pantalla de la televisión. Un temperamento enfebrecido de tanta pasión democrática y, de pronto, reaparecen índice de Catón y las nerviosas manos de su elocuencia. Enredadas las pinzas de sus alicatadas manos se sostienen en un falso gesto de rígida firmeza.

La viral elocuencia de los tics lo traicionaban, y la altisonancia de su impostada voz era impotente para disimular la rigidez estática de su endeble estatura. Estatura física y política.

Despertó de su aletargado silencio el inexperto puma de las pampas. Y. alarmado, el festivo coro de ranas croa bajo la batuta de sus adustas impericias.

«La corrupción es el virus que ha afectado al Estado en todos sus niveles, y la lucha contra la corrupción es tarea de todos» le musitó al oído el mono a la cucaracha. «¡Por supuesto!» chilló en la rama el perico salitroso, y añadió solemne «¡todos somos parte del proceso político de construcción de un sistema democrático sólido, representativo y libre de corrupción».

En el manglar cercano el topo husmea el aire y llega al residuo de sus orejas la sorda monserga: «el bicentenario debe encontrarnos más unidos».

En las punas el aire enrarecido dificulta la función neuronal de la lagartija que no capta claramente el alboroto. Compasivo el cóndor perdona su minúscula y esmirriada anatomía y le recuerda que el emperador de los altiplanos hará uso de su mayestática constitución.

Como en las ceremonias ancestrales, la procesión marcha hacia el templo del oráculo. A sus alturas, la erguida, larguirucha y frágil jirafa escucha los ecos del parlante.

Alguien leía en el prompter que redimirá al pueblo de los «audios de la vergüenza», que extirpará las idolatrías que envician a la asamblea de batracios y de ronsocos.

El pontífice se dirige urbi et orbi a la multitud en una plaza virtual atosigada de papagayos y alharacadas gaviotas. Atentos todos repiten entre ecos el anuncio; «en uso, dijo, de las facultades constitucionales que me asisten, convoco a un referéndum de reformas»

Las urracas baten pico y alas complacidas en el discurso público. Ataviado en frac y corbata «¡Qué lúcido!, y ¡qué enérgico!» le dice a su comadre el cuervo. «¡Como debe ser!» responde la canillita en el puesto de su esquina… «la ciudadanía, libre y democráticamente, debe tomar en las urnas la decisión que no supieron tomar en el ágora los patricios de la asamblea».

En las calles y las alcantarillas ratas y polillas festejan el valetodo. En el cuadrilátero el canguro salta y brinca sin contrincante. «¡Walk over!» sanciona el referí. El soliloquio se repite monocorde entre podcasters y youtubers.

Y cuando el día llegue la manada le dará al mico la banana que pedía. Acémilas y chivatos obedecerán a los empujones y latigazos del gamonal a cargo de la chacra, y el sistema democrático tendrá que proclamar los sabios resultados del sufragio.

En el entorno palaciego, entre tanto , los murciélagos ganan tiempo organizándose para competir en el sufragio del bicentenario por un trozo más de pus en el brindis con el ponche del libertador.

Moraleja: cuando la democracia carece de ciudadanos los gobiernos invocan facultades que no son suyas; cuando los representantes padecen de ineptitud, el pueblo se merece los maltratos intelectualmente tan reprobables como moralmente vergonzosos.

Mientras sonámbulo el pueblo padezca de somnolencia política el país quedará en manos de primates, de reptiles y de las trompas proboscídeas de iluminados y corifeos. ¿Tendrá oídos para no callar quien entienda ?

(*) El autor es Profesor de Derecho Constitucional y Parlamentario. Ex Oficial Mayor del Congreso de la República.

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